
Cuando el abandono también mata: ¿Quién cuida a quienes ya no pueden defenderse?
La reciente imputación de un hombre de 42 años por el homicidio especialmente agravado de su madre, en Santa Lucía, nos sacude como comunidad. No fue un asesinato en el sentido clásico: no hubo armas, ni violencia física visible. Pero sí hubo algo más profundo, más cruel y más silencioso: el abandono sistemático.
La mujer, de 68 años, murió deshidratada, con escaras de larga data, sin atención médica, postrada desde hacía años. Su hijo, que tenía denuncias previas por violencia doméstica, medidas de restricción que incumplió y una historia de consumo de estupefacientes, estaba a cargo de ella.
¿Cómo llegamos a este punto? ¿Cómo permitimos como sociedad que una persona termine así?
Este caso, aunque extremo, no es aislado. Se suma a una realidad muchas veces invisibilizada: la de los ancianos, personas con discapacidad o con patologías psiquiátricas que son maltratados, abusados o abandonados por quienes deberían cuidarlos. A veces en sus propios hogares, otras veces en pensiones, residenciales sin habilitación, o en condiciones indignas que preferimos no ver.
La modalidad de “omisión impropia”, por la que fue imputado el hombre, nos recuerda que también se mata por dejar de hacer. Que dejar morir a alguien sin ayuda, sin cuidado, sin alimento, sin amor, es también un crimen. Y uno de los más crueles.
Es hora de dejar de mirar para otro lado. La indiferencia también mata.
¿Qué podemos hacer?
Primero, denunciar. Siempre. En la Policía (911, 0800 5000 o en comisarías), en Fiscalía (0800 8425), en línea (www.fiscalia.gub.uy), o en el BPS, ASSE, MSP, MIDES o INDDHH según corresponda.
Segundo, insistir. Porque a veces una sola denuncia no alcanza.
Porque el sistema falla, sí, pero peor es no hacer nada.
Tercero, acompañar. Mirar, preguntar, escuchar. Si algo nos incomoda o nos parece sospechoso, actuemos.
No podemos permitir que las personas más vulnerables sigan muriendo así. No por enfermedad, no por edad, sino por abandono. Por ser olvidadas por quienes debían amarlas. Por ser ignoradas por un sistema que llega tarde, o simplemente no llega.
Este caso debe servirnos para interpelarnos como comunidad. ¿Qué tipo de sociedad somos si dejamos que esto ocurra a la vuelta de casa?
Si no cuidamos a quienes ya no pueden cuidar de sí mismos, ¿a quiénes estamos cuidando realmente?.