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Leydis Aguilera: de Cuba al Parlamento y una historia marcada por la búsqueda de libertad

La diputada nacionalista repasa su vida en Cuba, la migración y su llegada a Uruguay: “Esto era la libertad”.

Leydis Aguilera: de Cuba al Parlamento y una historia marcada por la búsqueda de libertad

La diputada nacionalista repasa su vida en Cuba, la migración y su llegada a Uruguay: “Esto era la libertad”.

Por María Noel Domínguez
manoeldominguez

Leydis Aguilera entró al Parlamento uruguayo con una historia que no empezó en la política, sino en la necesidad. Nacida en Cuba, ingeniera en Telecomunicaciones y hoy diputada del Partido Nacional, su recorrido está atravesado por una decisión que cambió su vida: emigrar. No fue una salida excepcional, aclara, sino una más dentro de un fenómeno masivo. “Me vine con una mano adelante y la otra atrás”, resume, como tantos otros.

Su llegada a Uruguay fue hace 16 años. Lo que encontró —según su propio relato— no fue solo un país distinto, sino otra forma de vivir. La posibilidad de hablar, disentir, elegir. Algo que, asegura, en Cuba no existe. Ese contraste atraviesa toda la entrevista: entre una sociedad donde la política se ejerce con libertad y otra donde, según describe, está atravesada por el control, el miedo y la represión.

El día que asumió como diputada, esa historia personal se cruzó con la institucionalidad. “Nunca pensé vivir algo así, ni siquiera en mis mejores sueños: poder estar entrando a la Casa de la Democracia”, afirma sobre su ingreso al Parlamento, un espacio que —para ella— tiene un valor que va más allá de lo simbólico.

Pero la emoción inicial dio paso rápidamente a otra dimensión: la responsabilidad. “Sé que tengo que estar a la altura de la confianza que la ciudadanía deposita en mí”, sostiene. Su desembarco en la Cámara de Diputados no solo representa un logro personal, sino también la posibilidad de llevar a la agenda política temas vinculados a la migración y a la integración, atravesados por su propia experiencia.

De Holguín a Uruguay

Aguilera nació en Holguín, en el oriente cubano. Estudió en Santiago de Cuba y se recibió como ingeniera en Telecomunicaciones y Electrónica, con especialización en electromedicina. Trabajó en el ámbito hospitalario, en una vida que, durante años, transcurrió dentro de los márgenes del sistema cubano.

Con el tiempo, sin embargo, empezó a cuestionar esa realidad. “Al principio uno no se cuestiona nada”, cuenta. Recuerda escenas que hoy resignifica: su madre poniéndole en la mesa pan con agua y azúcar como comida especial, sin que ella supiera entonces el sacrificio detrás de ese gesto. “Después entendés que tu madre se iba a dormir sin comer”, relata.

El proceso de toma de conciencia fue gradual. El acceso a más información, el contacto con otras realidades y la experiencia directa la llevaron a identificar lo que —según afirma— faltaba: libertades.

Ese camino incluyó su participación en una brigada médica cubana, una experiencia que describe como determinante. “Fui víctima de explotación. Me sacaban casi todo lo que cobraba, había control”, afirma.
Ese episodio, que define como “duro y doloroso”, terminó de consolidar su decisión de no seguir siendo parte de ese sistema.

La llegada: “Esto era la libertad”

Aguilera llegó a Uruguay en avión, con visa, pero sin redes ni estructura. Como muchos migrantes, tuvo que empezar desde cero.

Lo que encontró, asegura, fue revelador. No solo por el desarrollo del país —menciona la expansión tecnológica y la infraestructura—, sino por algo más esencial: la vida en democracia.

“Acá podías decir que no estabas de acuerdo con el gobierno, podías hablar, podías pensar libremente sin miedo”, relata.

Ese descubrimiento marcó un antes y un después. También le sorprendió la forma en que se vive la política. Durante la campaña, recuerda, una amiga cubana le preguntó si le pagaban o la obligaban a militar. “No me lo podía creer”, cuenta. Para Aguilera, esa escena resume el contraste entre dos sistemas.

“La gente en Cuba no pide bloqueo: pide libertad”

—Asumiste como diputada en Uruguay después de un recorrido personal muy particular. ¿Cómo fue ese momento de entrar al Parlamento y qué significó para vos en términos políticos y personales?
—Fue una experiencia increíble, algo que nunca pensé vivir, ni siquiera en mis mejores sueños. Poder estar entrando a la Casa de la Democracia, ver a todos los partidos políticos con distintas visiones, fue algo memorable. Y por supuesto que también implica un compromiso muy grande, porque sé que tengo que estar a la altura de la confianza que la ciudadanía deposita en mí. Es una mezcla de orgullo, agradecimiento y responsabilidad.

—Ese primer día coincidía además con debates sobre Cuba. ¿Tuviste oportunidad de intercambiar con otros legisladores sobre esa realidad o todavía no se dio ese espacio?
—No dieron mucho los tiempos. Había mucho movimiento por las fechas y las instancias que se estaban dando. Sí hubo saludos e intercambios informales, pero no conversaciones profundas. Estoy segura de que eso se va a dar más adelante.

—Llegaste a Uruguay hace 16 años. ¿Cómo fue ese proceso migratorio y qué buscabas en ese momento?
—Me vine con una mano adelante y la otra atrás, como tantos migrantes. Vine buscando libertad y un mejor porvenir para mi familia. Fue una decisión difícil, porque uno deja atrás todo, pero Uruguay me regaló eso que yo estaba buscando.

—Hoy ves a muchos migrantes atravesando situaciones complejas. ¿Cuáles son, desde tu experiencia, las principales dificultades al llegar?
—Hay personas que vienen en condiciones que yo calificaría como inhumanas. Llegan con niños, con ancianos, habiendo vendido todo. Y llegan a un país con instituciones sólidas, pero donde los trámites ya son difíciles incluso para quienes nacieron acá. Imaginate para alguien que no sabe cómo funciona nada. Eso genera muchas dificultades en la inserción.

—En ese contexto aparecen redes de apoyo, pero también situaciones de abuso. ¿Cómo conviven esas dos realidades?
—Hay de todo. Hay organizaciones que hacen un trabajo enorme para orientar, acompañar y ayudar. Yo trabajé con Manos Cubanas, que organiza jornadas para explicar desde cómo sacar la cédula hasta cómo acceder a la salud. Eso es fundamental, porque una mala orientación puede ser catastrófica. Pero también hay quienes se aprovechan de la vulnerabilidad.

—Seguís teniendo un vínculo fuerte con Cuba. ¿Cómo es vivir con esa distancia?
—Uno migra, pero no pierde sus raíces. Me queda mi familia, mis amigos, y siempre estás pendiente de cómo están. Los cubanos en el exterior mandamos remesas para que nuestras familias puedan vivir. Es una realidad muy dura.

—Viajaste recientemente. ¿Qué te impactó al volver?
—La falta de luz y de esperanza en los ojos de la gente. Eso es lo que más me marcó. Miradas apagadas, sueños rotos. Uno piensa que no puede estar peor, y sin embargo cada vez está peor.

—Desde afuera a veces no se perciben protestas masivas. ¿Qué está pasando en realidad?
—Hay protestas todos los días, pero la represión es atroz. Hay menores presos, más de 1.250 presos políticos. La gente ha perdido el miedo, pero el costo de salir a la calle es muy alto.

—¿Cómo funciona ese sistema de control en la vida cotidiana?
—Hay un entramado desde los barrios, con mecanismos de control y adoctrinamiento. La libertad de expresión no existe, es una quimera. Incluso hay personas en Uruguay que tienen miedo de hablar por sus familias allá.

—El argumento del “bloqueo” aparece siempre. ¿Cómo lo analizás vos?
—El verdadero bloqueo es el del gobierno. La gente no está pidiendo que termine el bloqueo externo: está pidiendo libertad. El problema es la falta de libertades, la represión, el mal manejo.

—¿Cómo se vive algo como el 1° de mayo en Cuba?
—No es por convicción, es obligatorio. Si no vas, hay sanciones. Es muy distinto a Uruguay, donde la gente participa libremente.

—Tu decisión de emigrar fue gradual. ¿Qué experiencias terminaron de definirla?
—Fue un proceso de tomar conciencia. Yo viví situaciones de explotación en las brigadas médicas, me sacaban casi todo lo que cobraba, había control. Fue un momento duro, pero necesario para decidir no seguir siendo parte de eso.

—¿Por qué Uruguay? ¿Qué encontraste acá?
—Uruguay es un faro de libertad. Acá entendí lo que era poder hablar, disentir, vivir sin miedo. Eso fue lo que me hizo quedarme.

—Hoy ocupás una banca en el Parlamento. ¿Cómo definís tu compromiso?
—Mi compromiso es con Uruguay, con el país que me dio lo que el mío me negó. Acá tengo mi familia, mi hijo, y voy a trabajar para defender esta democracia y esta libertad. Porque quien ha perdido estas cosas sabe lo que valen.

Entrevista completa: 

 

Fuente: Montevideo Portal

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