
Tiene 12 años, juega Pokémon y va a representar a Uruguay entre los mejores del mundo
Alejandro Etcheverry disputará por segunda vez el Mundial de cartas, luego de lograr actuaciones destacadas en torneos a nivel regional.
Por Felipe Capó
felipe.capo@m.uy
En medio de una videollamada, Juan Pablo Etcheverry levanta una medalla que su hijo, Alejandro, ganó en Chile. Después muestra otra de Argentina y un tapete de juego que Alejandro recibió por llegar a las instancias finales de una competencia.
Son parte de un recorrido que comenzó con dos mazos comprados por internet y que, casi tres años después, llevará a Alejandro por segunda vez al Mundial de Pokémon.
Alejandro Etcheverry tiene 12 años, compite en la categoría infantil y el próximo 24 de agosto viajará a San Francisco, Estados Unidos. El torneo se disputará entre el 28 y el 30 de ese mes, con los jugadores mejor ubicados de todo el mundo.
“Ahora me siento más confiado y un poco mejor que el año pasado”, dijo Alejandro en diálogo con Montevideo Portal. La primera experiencia, en 2025, terminó en la mitad de la tabla y le permitió conocer una competencia muy distinta a las que disputaba en Uruguay.
“Había mucho ruido, mucha gente y era algo nuevo. Comparado con cómo jugábamos acá, me quedé un poco shockeado”, recordó.
Los inicios
La historia comenzó varios años antes y sin un Mundial como objetivo. Alejandro y su hermano jugaban Yu-Gi-Oh! después de conocer la serie de televisión. Su padre, que había tenido experiencia con juegos de cartas cuando era joven, les acercó Magic The Gathering.
Tiempo después encontraron en Amazon dos mazos de Pokémon. Los compraron, leyeron el manual y miraron un video para aprender cómo funcionaban.
Un día fueron con esas cartas a un torneo de prelanzamiento. Allí descubrieron que en Uruguay también había una comunidad que se reunía para competir, intercambiar cartas y probar nuevos mazos.
“Los otros tenían cartas que nos interesaban. Nos metimos en los grupos para poder conseguirlas o cambiarlas y de a poco empezamos a jugar mejor”, relató Alejandro.
Actualmente, los dos hermanos tienen carpetas con cartas, compran, venden e intercambian entre jugadores. Antes de cada torneo también pasan horas practicando y pensando qué estrategia utilizar.
Alejandro compite en Pokémon Trading Card Game, conocido como Pokémon TCG. Los jugadores arman un mazo y buscan obtener seis premios o dejar al rival sin cartas.
Las versiones más raras pueden costar más por su ilustración o por su valor entre los coleccionistas, pero eso no significa que sean mejores para competir.
“No depende de tener una carta mejor porque sea más linda. Depende del mazo que armás”, explicó.
Para decidir qué llevar a un torneo, Alejandro analiza el “meta” (most efficient tactic available, por sus siglas en inglés), término con el que se conocen a las estrategias más utilizadas en ese momento. Busca una combinación que pueda enfrentarlas, juega contra su hermano y modifica las cartas que no funcionan.
“Si veo que me va más o menos o me va mal, le hago algún ajuste o algún cambio al mazo”, contó.
De Uruguay al mundo
El salto hacia las competencias internacionales se dio casi por insistencia de la propia comunidad. Otros jugadores veían competir a los hermanos y les repetían a sus padres que debían probar suerte fuera de Uruguay.
“Nos decían que los gurises jugaban bien y que los lleváramos a jugar afuera”, recordó Juan Pablo.
Alejandro consiguió una primera clasificación al Mundial en 2024. En ese momento bastaba con superar una cantidad determinada de puntos, que podían reunirse principalmente en torneos locales.
La familia decidió no viajar. No tenía experiencia en ese tipo de competencias y tampoco estaba acostumbrada a organizar un traslado de esa dimensión.
Al año siguiente, el sistema cambió. Los jugadores dejaron de clasificar únicamente por alcanzar un puntaje y comenzaron a competir por un lugar dentro del ranking regional.
En Latinoamérica ingresan los 50 mejores jugadores infantiles. Los torneos uruguayos no entregan suficientes puntos para llegar a esas posiciones, por lo que fue necesario viajar.
La primera prueba fue en Chile. Alejandro terminó noveno y la familia comprobó que podía competir con jugadores de una región mucho más grande.
Luego viajó a Buenos Aires y quedó cuarto. En mayo de 2025 regresó a Chile y alcanzó el segundo puesto.
Con los resultados obtenidos fuera del país y los puntos de los torneos uruguayos, Alejandro terminó 17.º en Latinoamérica y clasificó al Mundial de 2025.
Antes de viajar estudió los mazos más utilizados y practicó con su hermano y con otro integrante de la comunidad. No podía prepararse para cada adversario porque en Estados Unidos encontraría cientos de jugadores que cambiaban sus estrategias constantemente.
Terminó en la mitad de la tabla, pero volvió con una referencia más clara del nivel y del ambiente que lo esperaban.
2026: el cierre de un ciclo y la revancha entre los mejores
El recorrido para este Mundial comenzó poco después. Alejandro quedó tercero en Buenos Aires y luego viajó a São Paulo, donde terminó en el puesto 19 del campeonato internacional de Latinoamérica.
Esos dos resultados, junto con los puntos obtenidos en Uruguay, fueron suficientes para clasificar otra vez. Un problema familiar les impidió seguir viajando durante el resto de la temporada.
Competir desde Uruguay supone una dificultad que no aparece sobre la mesa. De los siete grandes torneos de la región, cuatro se disputan en Brasil. También hay fechas en Argentina, Chile y Perú.
Cada oportunidad de sumar puntos implica pasajes, alojamiento y varios días fuera del país. La familia debe asumir esos gastos sin saber cuántos puntos conseguirá Alejandro ni si alcanzarán para entrar al Mundial.
El año pasado, dos tiendas uruguayas organizaron un torneo para ayudar con uno de los viajes. Otros integrantes de la comunidad le prestaron las cartas que le faltaban para completar el mazo.
Esta vez, Alejandro y su hermano vendieron cartas y premios que habían ganado. La familia también organizó una rifa para reunir parte del dinero.
“A veces querés llevarlo a algún lugar para darle la oportunidad y no siempre la tenemos. Esa es la parte más difícil”, explicó su madre, Claudia.
El lado familiar
Los padres también tuvieron que aprender a acompañar una actividad que dejó de ocupar solamente unas horas del fin de semana. Un torneo local puede durar cinco o seis horas. En el exterior, Alejandro ha pasado jornadas de ocho horas sentado frente a distintos rivales.
Claudia y Juan Pablo conocen las reglas, siguen las partidas y permanecen cerca de las mesas. La comunidad uruguaya está integrada principalmente por adultos y, según contaron, la diferencia de edad generó más de una situación incómoda.
“A ellos por ser niños les han hecho trampa varias veces los adultos. Nosotros tratamos de estar con un ojo arriba y cuidar que se mantenga el respeto”, dijo Juan Pablo.
Hubo también derrotas difíciles. En algunas competencias, Alejandro y su hermano salieron llorando de una partida y tuvieron pocos minutos para recuperarse antes de volver a sentarse.
“Era secarte y seguir jugando porque ya habían largado el otro partido”, recordó Claudia.
Sus padres comenzaron a notar que esa experiencia también aparecía fuera del juego. Aprendieron a concentrarse durante varias horas, a manejar la frustración y a volver a intentarlo después de perder.
Las compras y ventas de cartas también les dieron una primera forma de administrar dinero. Ellos mismos deciden qué vender, cuánto ahorrar y qué necesitan conseguir para el próximo mazo.
“Los ayudó a pensar un montón. Les enseñó a tener paciencia, a sentarse a estudiar y a entender que, si algo sale mal, pueden volver a intentarlo”, sostuvo Claudia.
Para la familia también fue importante que encontraran una actividad presencial. Los torneos los obligaron a salir de casa, mirar a otra persona a la cara y relacionarse con jugadores que no conocían.
“Uruguay es muy de fútbol y de deporte. Cuando un niño no va por ese lado, este tipo de cosas a veces no tienen el mismo valor”, afirmó.
El país en el hombro
En el Mundial de 2025, Alejandro fue el único uruguayo clasificado entre las diferentes modalidades competitivas de Pokémon.
Los participantes recibieron una camiseta en la que aparecían los nombres de todos los países representados. La presencia de Alejandro permitió que Uruguay estuviera entre ellos.
“Fue una alegría poder poner ahí al país”, contó Juan Pablo. “Es un orgullo por el paisito y porque es tu hijo el que lo pone en el mapa”, agregó.
Después del próximo Mundial, Alejandro dejará la categoría infantil y comenzará a competir entre adolescentes. Habrá más jugadores, los puntos serán más difíciles de conseguir y el camino volverá a exigir viajes.
Por ahora, continúa practicando con su hermano y ajustando el mazo que llevará a Estados Unidos. No se anima a prometer una posición ni a hablar de ganar el torneo.
“Ojalá me vaya bien; yo me esfuerzo bastante. Practico, analizo los mazos, cambio cartas, voy a los torneos y hablo con gente sobre el juego”, expresó.
Detrás suyo quedan las medallas, los tapetes y las cartas que permitieron pagar parte del viaje. Adelante tendrá otro salón lleno de personas y ruido, aunque esta vez ya sabe lo que encontrará.
“Si sigo viajando y se me dan las oportunidades, creo que voy a poder mejorar como jugador y como persona”, concluyó.
Fuente: Montevideo Portal